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Must List / III

Probablemente, uno de los eventos más tormentosos que se experimentan en la vida es la pérdida. Un evento que presenta pocas alternativas, la aceptación o la evasión. En la aceptación uno decide como lidiar con el enfrentamiento directo a la situación. A la pérdida muchos la traducen como variación del egoísmo y esa carencia de alguien o incluso de algo, impide un reconocimiento de las experiencias que tiene por vivir.

Una pareja esta por enfrentarlo. Él presiente que algo esta por suceder, incluso puede ver un esbozo de señal pero prefiere no darle importancia, concentrarse en cosas más palpables. Pero poco a poco se avecina la tragedia. La premonición llega tan de golpe, que el hombre corre al exterior, desesperado, angustiado. Busca a su hija quien instantes previos jugaba cerca de un río. La encuentra en el fondo, inmóvil. La sensación era de aviso, de prevención, pero él no le quiso prestar atención y más aún, no va a querer, en el futuro, reconocerla como tal. Esas visiones siguen presentándose, el hombre procura no darles importancia, pretende dotar cada experiencia de sobriedad, de pulcritud, de explicaciones. La premonición encontrará su camino, si no es atrapando su atención, lo hará por medio de su exterior, su contacto con los demás, en estricto sentido, a través de su esposa. La ira ya no le corresponde, la ignora, es incluso incapaz de reflejarla, a pesar de su eterno rostro malencarado, derivado de las vivencias que ha tenido que atravesar. Pero la advertencia sigue ahí, la quiera o no escuchar. Eventualmente, todo a su alrededor tendrá que conjugarse para llevarlo a ella, a finalmente derrumbar el escepticismo, aludir al razonamiento y hacer que el hombre persiga la consecuencia, que él mismo la provoque.

Don’t Look Now (1973) de Nicolas Roeg (The Man Who Fell to Earth, The Witches) llamo más la atención por su inusualmente gráfica (para esa época) escena erótica, que por su pausada, ingeniosa y elusiva narrativa. La escena formo parte de una serie de mitos morbosos que se encumbraban con la certeza de varios que los actores no simularon acto sexual alguno. El dato era adornado con el hecho de que fue la primera escena que grabaron los protagonistas: Donald Sutherland y la hermosa Julie Christie. John y Laura Baxter han perdido a su hija en un desafortunado accidente, situación que los orilla a refugiarse en Venecia, donde John dedica todo su tiempo y atención en la remodelación de una antigua Iglesia, mientras que Laura encuentra en su aletargado camino a una vidente que aparentemente esta en contacto con su fallecida hija. La revelación ofrece respuesta y esperanza en Laura y un obstinado rechazo en John, su hija no puede estar paseando a su lado, careciendo su presencia física pero advirtiéndoles un peligro inminente, ineludible, una señal. De tal suerte que las secuelas de la tragedia siguen acumulándose, esperando el momento adecuado para reventar ante la pasividad del receptor.


El planteamiento pareciera en cierta medida ordinario y complaciente, quizá puede mutar en una simplista y derivativa cinta de suspenso (que quizá sea cuando el planeado remake salga a la luz) cuyo objetivo primordial se basaría en descubrir que es lo que provoca lo paranormal, porqué algunas personas son más sensibles a diversas energías que (eso nos han dicho) rondan alrededor de nosotros. Probablemente, las señales abusan de lo esquemático, de la violencia, del contacto desconocido que provoca tanto temor y rechazo.

Pero este no es el caso. La cinta se desenvuelve con tanta suavidad, que difícilmente uno puedo adelantarse a la trama, mucho menos a la narrativa. Roeg comprende que el juego es entre la pareja atormentada, la resolución que cada uno ha tomado para complacer un silencio que evita el combate con la pérdida, con la desilusión, con la fragilidad de la existencia. Por tal, el desarrollo es exclusivo y hasta cierto grado, privado. La pareja se funde y se divide en cada momento que comparten, y no lo hacen con discusiones, con odio o resentimiento, lo hacen de la única forma que entienden, como personas capaces de negar una situación y negarse ellos mismos. Extraños en una tierra extraña, el entorno tiene una trascendencia tal, que los vuelve completamente vulnerables, ajenos, dejándose llevar por todas las falsas pistas que deja un sacerdote, un detective, las hermanas y hasta un asesino serial, todos fungiendo como impredecibles compañeros que los orientan y distraen a la vez en una Venecia que lo mismo pinta como solemne que terrible.

Al inicio hemos entrado como curiosos, más allá no se nos ha permitido. En el desenlace del juego, no escatimamos en suposiciones. No podemos actuar, como mucho en la vida, solo podemos admirar asombrados u horrorizados.



Don't Look Now (1973)
Dir. Nicolas Roeg
Guión. Alan Scott y Chris Bryant (basada en una historia de Daphne du Maurier)

La Casa



Bienvenidos a mi casa
Reglas de la casa:
1. Dios vino a mi casa y yo le
maté.

Jack y Stephanie son una pareja con miras a la separación, dirigiéndose a una importante cita. En el camino sufren un accidente que deriva en su súbita visita a una antigua casa de huéspedes, esperando poder resolver el percance al siguiente día. En la casa se encuentra otra pareja (con sus problemas individuales) que sufrieron de la misma suerte momentos antes, quienes también han quedado varados en ese paraje desolado. La casualidad hace que los cuatro personajes duden de su situación especialmente al enfrentarse a sus anfitriones, una pequeña familia de fanáticos religiosos y de costumbres fuera de lo común.

A esto se le añade un asesino experimentado que desde los exteriores de la casa, los involucra en un juego que se quiere disciplinado, recorriendo una serie de reglas, enfrentamientos personales y ajenos, pasillos interminables, puertas succionadoras, clones, una niña y mucha niebla negra.


2. Mataré a cualquiera que venga a mi casa, así como maté a Dios.

Responden a los nombres de Frank Peretti y Ted Dekker y son los autores de esta insufrible e infantil historia de “horror” religioso o el intento de una. Elementos en la vida personal de ambos escritores han encontrado una similitud. No solo que ambos publiquen para la misma editorial, que sean amigos o que sus historias de elementos sobrenaturales tengan patrones parecidos. Ambos se toparon en alguna experiencia de su vida que los llevo a acercarse de manera más comprometida a lo religioso. Es probable que no sean autores tan reconocidos, pero en el mercado de novelas cristianas, ambos son extremadamente respetados. Separo, como concepto, el mercado cristiano puesto que de alguna forma han plantado ciertas barreras (eso es lo que yo se, no es un hecho)

En estos casos, no sería una locura afirmar que deberían reforzar esas barreras. Manteniendo distancia con el aspecto religioso, la historia se debilita a cada vuelta de página, cada repetitiva situación que se plantea se siente estorbosa, sospechosa, los personajes parecen unidimensionales y ejemplares dignos de cualquier estereotipo de escritor frustrado, cantante frustrada, psicóloga frustrada y otro frustrado. Algo bastante elemental han olvidado ambos autores, el villano no es imponente solo por portar una máscara o porque sus pisadas resuenen y hagan eco en cada rincón de la casa (mucho menos porque sangre su malvada niebla negra), el villano es inclemente, inmisericorde y aterrador por la motivación que lo empuja y por la respuesta de sus victimas. Ojala existiera una motivación para los personajes y no solo hacerlos correr, llorar y gritar a la menor provocación.

Y es que no solo se trata de toda la escasa emotividad que la anécdota destila, sino de la escasez de recursos de los personajes. Es cierto que el elemento sobrenatural de cualquier novela genera opiniones muy encontradas y que para mantener cierta coherencia deben desconocer lo probable o lo posible. Pero me resulta repugnante que ante tanta situación sobrenatural, los personajes tarden dos capítulos reclamándose y diciendo: vamos por acá, no por allá, que no por acá, te digo que por allá, bueno por atrás, mejor enfrente.

En el mejor momento de la historia (cuando inevitablemente uno solo se queda para reír de la ingenuidad exagerada de cada personaje) aparece una niña, una guía quien asegura que no la han escuchado y por eso están involucrados en esa situación de pesadilla. Uno entiende la arbitraria aparición de ese personaje, siendo que es el único que habla un idioma (y no solo balbucea preguntas del tipo ¿Qué esta pasando? ¿Iremos por este camino o por este otro? ¿Pero quien ha hecho ese ruido?, Oh pero ¿Por qué a mi?), pero se cuestiona porque le otorgan ese tipo de información y desmeritan el poco interés que presentaba la embrujada casa.

3. Denme un cadáver y tal vez yo decida prescindir de la regla dos.
El juego termina al amanecer.

El psicópata que les ha enviado (vía una lata y por eso se llama Hombre de Hojalata) las instrucciones se presenta como el ente controlador de toda la aventura, atento a cada movimiento, entendiendo y previendo los movimientos de las víctimas, cómplice con la propia casa. Espectador que provoca (por medio de sus pisadas) un terror absoluto, que aunque carece de cualquier característica de personalidad, emite las pocas ideas interesantes de la novela. Su especulación es tratar de doblegar el espíritu de las parejas y provocar que se asesinen entre ellos… ¿O no? Porque ya cercano el final, su incredulidad y torpeza sobrepasa a la de sus victimas en uno de los descenlaces más parciales, tajantes y derivativos que recuerdo haber leído alguna vez.

El gran problema es que, al igual que sus personajes, ningún autor tiene el menor control sobre la vida propia de la historia y las extensiones que por naturaleza presenta. Siendo duro, de los dos autores no se hace uno digno. No parece haber ningún elemento que identifique la pericia (o ausencia de ella) narrativa de alguno y el capítulo que sigue es la copia del anterior, solo cambia un personaje y un cuarto, con los mismos diálogos austeros que debido a su constancia, desesperan al lector al grado de querer desistir de la lectura.

Si Peretti o Dekker tienen una base de leales fanáticos, la recomendación sería que se esmeren en conservarlos a cualquier costo. Así sea una secuela de este ridículo y plano ejercicio (con su final dizque abierto) o sermoneando a todos los seres humanos por pecadores. Su demostración de “la paga del pecador” observada en esta historia, hace que uno se pregunte si el pecado los incluye a ellos.
D

6 películas para no dormir / I

De 1965 a 1982 se producía un ciclo llamado Historias para no dormir, serie creada por Narciso Ibañez Serrador, cuya propuesta fue muy exitosa (muy de vez en cuando se encuentra algun episodio de la corrida original) Tal véz debido a que el terror se diluye muy pronto en televisión y su funcionalidad se ve limitada por los tiempos, la duración y la restricción del público.

Hace un par de años, se retomo la propuesta, con 6 cintas (entre 60 y 70 minutos de duración) con la idea de romper esa barrera que la televisión tiene como límite y además conseguir el insomnio en más de uno. Con esos dos años de retraso, aparecen los seis DVD's en México de dicha serie, que pudieran servir de inspiración para algún productor vivo y con la disposición de correr algunos riesgos (si, como no) Durante el fin de semana tuve la oportunidad de revisar dos de esos episodios.



Para entrar a vivir
Dir. Jaume Balaguero, 2006


El episodio da inicio cuando una joven pareja (con bebe en camino) va en busca de un hogar donde vivir, un apartamento alejado de la ciudad, pero a precio muy accesible. Al llegar a la cita con la representante de la agencia, ambos se sienten decepcionados por las condiciones deplorables de la zona, del edificio y del departamento mismo. Pronto descubren que en el interior del mismo hay un par de pertenencias suyas, una fotografía y la compañía de una psicópata. Relevante o no, el suspenso de Balaguero se ha ido refinando y se ha aproximado más a tendencias norteamericanas que a las referencias populares asiáticas. Mucho se comparo el formato de su cinta Rec con la cinta Cloverfield e incluso el propio remake de la española, de título Quarantine (que dicen es una copia toma por toma)

El entorno habitual de la historia produce que la situación tan bizarra que sufren los personajes tenga un halo de calamidad. Una vez que la pareja determina ponerle fin a la farsa de visita, las cosas escapan de su control (uno que creían tener) para enfrentarse con lo único que no esperaban. Parte de la agilidad con la que el episodio se desarrolla se debe mucho a la puesta en escena de Balaguero (hay mucho horror cuando aparece el mentado hijo), el frenetismo de su cámara en mano y la incomoda sensación claustrofóbica que cada rincón del edificio presenta. La chica, Clara, reacciona como puede a toda la situación (deambulando entre lo onírico y lo absurdo) mientras que poco a poco, la historia va revelando pistas para que uno como espectador se anticipe al movimiento de cada personaje y lo consecuente.

Idealmente, la historia funciona bajo el formato de episodio televisivo puesto que, lamentablemente, la trama se desgasta y se envuelve en una serie de eventos desordenados que no develan mucho del misterio (casi las obligadas explicaciones son casuales) pero que al final consiguen rescatar una moraleja un tanto destructiva y resentida.



La Habitación del Niño
Dir. Alex de la Iglesia, 2006



Mucho más elaborada e interesante resulta esta historia, donde una joven familia (papa, mama, bebe) se ha mudado a una casa antigua y donde el entorno parece demasiado idílico como ser autentico. Sonia (Leonor Watling) le cuestiona a su marido, Juan (Javier Gutiérrez), en los primeros minutos, si tal fantasía es justa, real y merecida. En ese momento, la sombra de tal cuestionamiento empieza a pesar sobre ambos, donde la primera sospecha se centra sobre el pequeño hijo que tienen. Debido a la amplitud de la casa, Juan compra un comunicador, para monitorear al bebe, a través del cual comienzan a escuchar la presencia de alguien más en la habitación. Convencido que no son meras alucinaciones, Juan adquiere un comunicador con monitor incluido que le permite comprobar que cada noche, alguien se sienta al lado del pequeño, vigilándolo, analizándolo, acompañándolo.

Juan no parece tan obsesionado con lo fantasmal de la casa, sino con la angustiosa búsqueda por recuperar su cordura y encontrar una explicación convincente de lo que sucede alrededor. Como sucedía en El Día de la Bestia, De la Iglesia coloca a su personaje contra toda complicidad. Nadie ve lo que ve Juan, nadie lo comprende, nadie le cree. Esa característica de outsider, le hace vulnerable a la situación, lo compromete a guardar un escrupuloso silencio y lo lleva a involucrarse mucho más de lo esperado en la resolución del misterio. Por medio del monitor, Juan ve aspectos de la casa que no estaban ahí, puertas, personas, asesinatos. Algo ha permanecido en ese lugar, una energía tan poderosa que esta condenada a repetirse permanentemente. Tal evento (que ha brincado dimensiones) involucra a Juan y a su familia que lo han hecho llegar a ese lugar y a sus últimas consecuencias.


Ambas se encuentran en DVD, incluyendo un detrás de cámaras por demás completo e interesante que complementan de maravilla cada historia.

Grandes Villanos - Dr. Christian Szell



Is it safe?


Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo a cargo del campo de concentración Auschwitz II, donde se le conocía como el “Ángel Blanco”. Lo conocemos en su mansión en Paraguay, rodeado de recuerdos de la guerra. Escapo del castigo por sus crímenes acompañado de su hermano, a mediados de la década de los 40´s. Desde que observa el paisaje desde su mansión, sabemos que esta preocupado, inquieto, desesperado. Algo ha salido mal, no sabemos aún el motivo.

Dentista de profesión, el Dr. Szell realizó varios de los más viles experimentos con judíos, los cuales implicaba la tortura mediante sus instrumentos de trabajo. Ambicioso, cambia de giro hacia los diamantes. Extraerle los dientes a los cadáveres antes de deshacerse de ellos le creo una fama temible, a la que algunos cuantos le sobreviven.

Al inicio de esta historia, conocemos el destino de su hermano. Deteniendo el tránsito en una calle de Nueva York, por problemas con su automóvil, atraviesa el camino de un judío histérico, cuyos motivos desconocemos. El encuentro entre ambos propicia una asombrosa batalla automovilística, desplazándose a gran velocidad y teniendo un trágico desenlace. Si, algo ha salido mal. Szell tiene que abandonar su prudencia, abandonar su escondite y enfrentarse al mundo, del que no es ajeno.

Mientras que Henry “Doc” Levy sobrevive a un atentado en Europa, su hermano Thomas “Babe” Levy conoce a una hermosa mujer con la que intenta iniciar una relación. Ella, de nombre Elsa, mide el tiempo que Babe trata de mejorar para poder participar en un maratón, empresa en la que parece obsesionado. Babe no disfruta correr, no le tranquiliza, pero sella las memorias de su padre y de los juicios posteriores que se le hicieron a su muerte. Recorre el parque al lado de varios corredores más con un semblante molesto, furioso, egoísta. Desprecia a aquellos que lo hacen mejor que él. Ella le permite ser más relajado, menos discreto. Eventualmente, la violencia lo alcanza, primero en un parque al lado de Elsa, posteriormente al atravesar el camino de Szell.

Todo esto tiene como motor el movimiento de una gran cantidad de diamantes, trabajo que dejo inconcluso el hermano de Szell. De ahí se desprenden todas las conexiones con cada uno de los personajes que aparecen en la historia. Doc parece estar por encima de cualquier situación, adelante del peligro. Su reunión con Babe es breve. Doc comete un error, uno que todos cometemos, la soberbia. Szell es más que un anciano nazi en constante persecución, por debajo de esa imagen física noble, Szell es un psicópata que no se detiene hasta conseguir sus objetivos.

Convencido de que Doc conserva información crucial para completar su misión, el siguiente blanco es Babe, el hermano que ignora todo lo que esta sucediendo a su alrededor, su relación con Elsa, con Doc, con su pasado.

La confrontación se lleva a cabo en un cuarto. Babe atado a una silla, sin entender que le ha pasado, como ha llegado. El Dr. Christian Szell se presenta con una sola pregunta, una que conforme la repite se convierte en una amenaza terrible. Es ahí, en ese contacto inicial, en ese inmejorable momento, que Szell deja escapar una vez más a ese asesino que tanto daño le hizo a la humanidad.

Babe, sabemos, escapara. Pero su huída no será sin huellas, sin marcas. No solo las físicas. Babe parece decirnos que los habitantes del mundo se odian. Se odian cuando estorban una calle accidentalmente, se odian cuando corren uno al lado del otro y se odian cuando se presentan por primera vez, cuando las opciones que se brindan son dolor o placer.

El Dr. Christian Szell fue personificado por Laurence Olivier en la fabulosa cinta (que acabo de descubrir… mea culpa) “Maratón de la Muerte”

Olivier trabajo enfermo y bajo advertencias médicas hacia el productor de la cinta. Fue nominado a Mejor Actor Secundario en la entrega de los Premios Oscar por su interpretación del despiadado Dr. Szell. En los extras del DVD, Dustin Hoffman aclara aquella anécdota tan mencionada y mal citada. Hoffman dice que para prepararse para la escapatoria después de la brutal tortura, paso tres días sin dormir. Olivier le respondio: ¿Por qué no intentas actuar?. A lo que siguió la explicación de cómo Olivier arriesgaba su vida en cada función de Romeo y Julieta.

Marathon Man (1976)
Dir. John Schlesinger
Guión: William Goldman (basado en su novela) y Robert Towne
Actúan: Dustin Hoffman, Laurence Olivier, Roy Scheider, Marthe Keller, William Devane